dificultades en el Tui-shou

La actitud ante el Tuishou

En el centro “eltai” llevamos años manteniendo activo un espacio mensual de práctica de Taichí en parejas, denominado Tuishou. En estos encuentros, practicantes de esta escuela y de otras, intercambiamos movimientos de empuje y recepción aunque provengamos de estilos diferentes. La proyección y la absorción son un yin-yang básico en esta dinámica, que aportan una comprensión más profunda del propio Taichí.

Sin embargo, no siempre están presentes ambas actitudes. Hay quienes tienen facilidad para absorber, pero serias dificultades para empujar. Y así, limitándose al acto de recibir, su estructura corporal acaba por perder el equilibrio y la estabilidad. Otros, por el contrario, no tienen dificultades en empujar pero sí en crear una actitud receptiva. Y esta disposición, la más habitual, crea tensiones musculares innecesarias que acaban por bloquear y dañar las articulaciones. Las más perjudicadas suelen ser las de la columna vertebral y las de los hombros.

El origen de las tensiones

Aunque sabemos, por mutuo acuerdo, que la fuerza del otro no va a dañarnos, cuesta inhibir las tensiones y barreras que creamos ante su presión. Nos volvemos rígidos en cuanto el cuerpo percibe una posible amenaza a la integridad física pero, sobre todo, a la integridad anímica. Nuestro ego no quiere verse desestabilizado, y entiende que si el cuerpo físico se desequilibra por el empuje del otro, también lo hará su presencia. Así que activa tensiones en todos los músculos necesarios para hacer lo que presupone que impedirá esto. Si gracias a estas tensiones consigue evitar la desestabilización, el registro mental será: “estas tensiones son eficaces para preservar mi apariencia”.

Además, existen las tensiones que vienen del pasado. Esas que se activan de forma automática ante el más ligero esbozo de intromisión física. Su origen es diverso: malas posturas reiteradas, actividades repetitivas, construcción de una imagen corporal, soporte de nuestra personalidad, etc. Hay todo un repertorio de causas que producen un efecto tensional en la musculatura, y que espera ansioso el momento de manifestarse en toda su dimensión. Pero es, precisamente, en la interacción con un compañero, donde se nos brinda el contexto ideal para tal manifestación, pero también para su posible gestión.

Gestionar las tensiones musculares

Cuando nos agarran el brazo hasta el punto de llevar alguna articulación al límite de su movimiento, surge el dolor. Los ligamientos se sobre-estiran y los tendones se activan para evitar sobrepasar ese límite. El miedo a un daño mayor o a una lesión, hace que tensemos lo que sea necesario para evitar tal efecto. Pero en ese recurso tensional , la articulación queda comprimida, produciendo una molestia que solicita tensiones de otros grupos musculares. La espalda es una zona habitual de tensiones, porque estas se producen de forma casi involuntaria. Son músculos que el cuerpo usa para estabilizar nuestra postura al caminar o permanecer erguidos, y estamos habituados a activarlos sin un control directo.

Relajarse es más difícil que tensarse, porque implica la “no acción” y la ausencia de órdenes al sistema músculo-esquelético. El yin es más difícil que el yang, porque todo lo que hacemos conscientemente es yang. Coger un vaso, subir un escalón, girar la cabeza…, son todos ellos actos “yang”, en los que damos una orden al cuerpo. Pero no somos tan conscientes de cómo dejamos caer el brazo al dejar el vaso en la mesa, o cómo relajamos una pierna para que la otra inicie su movimiento. Y es el desarrollo del yin donde aprendemos a gestionar nuestras propias tensiones. Siendo conscientes de cuanto podemos aflojar, aprendemos a inhibir tensiones automáticas que no necesitamos ni para la práctica del Taichí, ni para nuestras actividades y posturas diarias.

La importancia del yin

La relevancia de desarrollar la relajación no sólo tiene que ver con la salud articular, también con la salud mental. En la relajación nos sentimos más conscientes y más perceptivos ante la vida. Cuando en la práctica del Tuishou somos capaces de ceder ante el empuje del otro, sin oposiciones ni resistencias, nos volvemos más sensibles. Esta sensibilidad permite entender las intenciones que su fuerza posee, y manejarlas de forma que queden neutralizadas. Así, no sólo adquirimos una mayor capacidad de comprensión corporal, sino que también aprendemos a permanecer relajados ante, por ejemplo, las agresiones verbales que puedan enviarnos.

Este es un Camino largo y meticuloso. Desarrollar la sensibilidad es algo que a muchos no nos han fomentado en nuestra infancia, por lo que tendemos al recurso fácil de “crear una barrera” ante la posible agresión. El escudo que ponemos es físico, mediante tensiones musculares, pero también psicológico, con actitudes inflexibles ante lo que nos dicen. La rigidez se manifiesta en lo corporal y en lo mental, volviéndonos cada vez más intransigentes y reactivos, lo que provoca infelicidad y frustración. Y ésta es la verdadera utilidad de aprender a desarrollar el “yin” en nuestra actitud.

Un experiencia vital

En los encuentros libres de Tuishou la gente va y viene, como en la Vida. A veces compartes tramos del Camino con personas que, cuando crees que la relación está firmemente asentada y es productiva para ambos, de repente deciden tomar otro sendero diferente. Igual que un intercambio recíproco de empujes, que alternan periodos de intensidad con instantes de pausada calma. Como practicantes de Taichí, no es armónico ni sano pretender que los demás estén ahí siempre que queramos. En nuestra relajación, esperamos su llegada y lo que ésta nos aporte, y permitimos su marcha aunque esta nos pese. Al fin de al cabo, incluso la ausencia de alguien querido no es más que otro empuje que nos da la Vida, quizá para comprobar si en esa pérdida somos capaces de mantenernos relajados y equilibrados.

La reciprocidad es inevitable. En cada interacción se muestran los aspectos “yin-yang” de las relaciones humanas, pero también en la ausencia de estas. Incluso cuando decidimos no hablar con alguien estamos creando una reciprocidad: «yo no me comunico contigo, con la intención de que tú tampoco lo hagas conmigo», después es el otro quien decide si sigue esa pauta de ignorancia o no. Esta también es una forma de interacción, sutil pero con un objetivo claro y directo. Por eso, hay un flujo continuo de reciprocidad, que abarca incluso los momentos en que estamos solos, y en los que estamos construyendo las interacciones futuras.

 

2019-05-26T10:46:05+00:00

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